No le gustaban nada este tipo de
celebraciones, o al menos antes era una persona muy poco sociable, poco
empática. Pero debe pensar que esta es una ocasión lo suficientemente especial
como para hacer una excepción. O habrá madurado. Supongo que también habrá
cambiado físicamente. Como todos, claro. Quizás a mejor, o lo mismo a peor. O,
igual, es de esas personas a las que no les cambia prácticamente en nada el
cuerpo pese a los años.
De todos modos, no sé por qué me pongo
tan nerviosa. Al fin y al cabo, nunca estuve realmente enamorada de él. Sin
embargo desde que me han dicho que estará en la cena no hago más que pensar en
sus manos y, al hacerlo, me recorre la espalda un intenso escalofrío. Recuerdo que le veía interesante, ni guapo ni feo,
pero con un punto atractivo. Seguramente por esas manos suyas, grandes y
perfectas con las que conseguía verdaderas obras de arte en madera y en mi cuerpo.
No sé que voy a ponerme, pero todo el tiempo le doy vueltas a la posibilidad de terminar en ropa interior, y me preocupa más qué conjunto llevar debajo de ese absurdo vestido negro que compré creyendo que sería una cena de gala. Yo no soy la misma de antes, ni por dentro ni por fuera. Tampoco estoy irreconocible, pero no sé si seguiré produciendo el mismo efecto en él. Tanto que me incomodaba antes, y ahora en cambio me excita pensar que pueda sentirse atraído por mí. Mejor dicho, quiero que se sienta apasionadamente atraído por mí. No le encuentro explicación racional, simplemente se ha encendido en mí de nuevo el gusanillo de la sensualidad. Será por el hastío de esta vida aburrida y cotidiana, rodeada siempre de gente que te hace sentir cualquier cosa menos mujer. Y, a veces, algunos recuerdos activan tu feminidad mucho más que un buen piropo.
No sé que voy a ponerme, pero todo el tiempo le doy vueltas a la posibilidad de terminar en ropa interior, y me preocupa más qué conjunto llevar debajo de ese absurdo vestido negro que compré creyendo que sería una cena de gala. Yo no soy la misma de antes, ni por dentro ni por fuera. Tampoco estoy irreconocible, pero no sé si seguiré produciendo el mismo efecto en él. Tanto que me incomodaba antes, y ahora en cambio me excita pensar que pueda sentirse atraído por mí. Mejor dicho, quiero que se sienta apasionadamente atraído por mí. No le encuentro explicación racional, simplemente se ha encendido en mí de nuevo el gusanillo de la sensualidad. Será por el hastío de esta vida aburrida y cotidiana, rodeada siempre de gente que te hace sentir cualquier cosa menos mujer. Y, a veces, algunos recuerdos activan tu feminidad mucho más que un buen piropo.
Llevo sentada en esta terraza veinte
minutos junto a unas amigas con las que había quedado bastante antes. Todos van
entrando de dos en dos, o en grupo, menos él que ha llegado solo. Le he
reconocido al instante. Distinto. Sigue sin ser espectacular, sin destacar. No
ha cambiado mucho, pero está diferente. Otro porte, otra mirada, otra sonrisa,
y las mismas manos. Instintivamente he arqueado la espalda y he erguido mi cuerpo
en la silla para hacerme ver. La primera mirada, de soslayo, ha sido fría,
recriminatoria, feroz incluso. Quizás, sus recuerdos de lo que no fue le hayan
atormentado más tiempo de lo que él mismo hubiera deseado. Pero después de
saludar a otros y hacerse de rogar se ha acercado a mí. Dos correctos besos y
sus manos en mis brazos desnudos han sido suficientes para ponerme a cien. Me
ha agarrado con decisión, con fuerza, y, al mirarnos, he sentido la
reconciliación.
Es extraño cómo una absurda fijación
puede revolucionar tu cuerpo de tal manera que te produzca tantas ansias de
estrecharte con otro cuerpo que nunca antes te había hecho estremecer tanto.
Todo lo que nos sirvieron estaría sin
duda exquisito, aunque yo estuve mucho más atenta a él, sentado al otro lado de
la mesa, que a la comida.
Le sentía muy pendiente de mí, de modo que
cada vez que yo dirigía con disimulo la vista hacia su asiento nuestros ojos
siempre coincidían. Y entonces, en esos momentos, me sostenía la mirada con
descaro y atrevimiento sin tan siquiera esbozar una sonrisa; y un calor intenso
se apoderaba de mí y me consumía por dentro.
La cena pasó rápido, sin apenas tiempo
a ponernos al día los unos con los otros. Pero me dio igual. No sé en qué
momento, tras pedirnos una copa, me acerqué más de la cuenta. Él presintió mi
deseo y rápidamente, sin palabras, supo buscar un rincón oscuro para
comprobarlo. Fue un beso electrizante. Un beso con apetito desmedido; un beso
que luchaba por recuperar muchos besos atrasados. Las manos con las que había
estado soñando en las últimas semanas subían por mis muslos mientras su boca
pasó a recorrer toda el área de mi escote. Ocultos en los baños de aquel local,
dejé que su potente deseo entrase de lleno en mi interior, y agradecí que
aquella música estridente amortiguara el sonido de mi éxtasis.
Esta mañana, cuando me he despertado,
aún seguía en mi cama. Después de toda una noche retozando entre el presente y
el pasado había que volver a la realidad. Y, como despedida, de nuevo los
besos, sus manos, el sexo…
A lo mejor se organiza otro encuentro
de amigos, pero él ya no vendrá. No quiere serle infiel a su vida dulce,
satisfactoria y acomodada. Y yo no puedo hacer crecer un sentimiento de un
simple arrebato aunque haya sido febril, vehemente, intenso y pasional. No
obstante, siempre existe la posibilidad de cualquier otro reencuentro fortuito
y entonces no necesitaremos una cena para recordar los buenos tiempos.
FIN
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